Ciudad del Vaticano.

Dentro del corazón de Roma está el país/estado más pequeño del mundo. Se trata del Vaticano, la santa sede como lo llaman algunos. Considerado como la sede de Dios en la Tierra, el Vaticano es el lugar de residencia del Papa que es a su vez la máxima representación de la Iglesia Católica. Y es a este pequeño estado donde hemos ido hoy tras pasar la mañana en el Foro Romano.

Normalmente lo que se nos viene a la mente cuando pensamos en el Vaticano es su enorme plaza de San Pedro en forma circular y con la basílica con el mismo nombre de la plaza al fondo. Y esa imagen es la primera que hemos visto cuando hemos llegado a la plaza: la Basílica de San Pedro al fondo, acompañada a ambos lados por una serie de columnas de mármol blanco formando un círculo y encerrándonos así dentro la misma plaza.

La plaza es enorme y la verdad que bastante ostentosa. Nada que ver con el voto de pobreza de la iglesia católica y con el mensaje de austeridad que tradicionalmente ha dado la institución. Aunque lo de fuera es poco con lo que hay dentro de la basílica o los museos vaticanos. Para entrar a la Basílica hay que pasar un cordón de seguridad en el que vimos a algún componente de la Guardia Suiza, el ejército del Vaticano encargado de la seguridad del Papa y de la ciudad. Una vez superado el cordón ya puedes acceder al interior de San Pedro, una auténtica joya arquitectónica.

La Basílica de San Pedro del Vaticano se levanta sobre la tumba del Apóstol, ubicada en una necrópolis del siglo I. La primera basílica vaticana fue construida por Constantino en el siglo IV, y estuvo en pie durante más de 1.000 años, hasta que los Papas del Renacimiento la derribaron para poder levantar una nueva basílica sobre la tumba de San Pedro. Sus dimensiones eran tan gigantescas que la empresa parecía irrealizable, y estuvo a punto de sucumbir. Las obras duraron 160 años y en ellas trabajaron artistas de primer orden. La fachada de Maderno, la cúpula de Miguel Ángel, o la Plaza de Bernini son únicas en el mundo…

Un pequeño contratiempo que tuvimos fue que no pudimos entrar juntos a la basílica, ya que está prohibida la entrada con el cochecito de los niños, así que entramos por turnos. Pero a pesar de entrar por separado, Sonia y yo tuvimos sensaciones y opiniones similares.

La primera vez que uno penetra en el interior de la basílica recibe una impresión casi sobrecogedora. Es tal su grandiosidad que te empequeñece ya que mide 212 metros de largo, 140 de ancho, y 133 metros de altura en su cúpula. Ocupa 15,000 metros cuadrados. No hay otro templo en el mundo que le iguale en extensión. Cabe destacar que la basílica, además de ser una obra de arte por sí sola, cuenta con importantes obras situadas en su interior, como diversos mosaicos, pinturas, esculturas de papas, santos o emperadores. Entre ellas podemos destacar la estatua de bronce de San Pedro, atribuida a Arnolfo di Cambi, que ya se encontraba en la antigua basílica.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Pero sin lugar a dudas lo que más llama la atención del interior es el altar mayor, con el baldaquino (templete de 4 columnas destinado a cobijar un altar) de bronce que realizó Bernini.  A esta obra se la llama la “tumba de San Pedro”, ya que según la tradición (las últimas investigaciones arqueológicas han confirmado su veracidad), reposan los restos del Apóstol, lo cual ha hecho que este lugar sea uno de los lugares más venerados por los cristianos y punto elegido para edificar el mayor templo de la Cristiandad. Por encima del Baldaquino se levanta majestuosa la cúpula, decorada en su interior en los años 1603-1613, según los cartones de Giuseppe Cesari. La inscripción en latín -en la base de la cúpula- dice: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y a ti te daré las llaves del Reino de los cielos”.

En las entrañas del templo se encuentran descansan los restos de los papas fallecidos, incluido el del mismo San Pedro. Obviamente a estas estancias no se puede acceder aunque sí se puede bajar a ver algunas criptas antiguas. Así que tras visitar el monumento ambos hemos coincidido en su espectacularidad y belleza, aunque contrasta tal opulencia y lujo con lo que pretende ser la Iglesia Católica, un referente de vida sencilla y sin grandes alardes.

A la salida nos hemos ido a los Museos Vaticanos, especialmente para ver la Capilla Sixtina. La entrada a niños de 0 a 5 años es gratuita y para los adultos el precio es de 17 euros. Nuestro consejo es comprar las entradas por internet porque que de lo contrario las colas pueden ser interminables y también existe la posibilidad de quedarse sin entrar debido a la tremenda afluencia de gente. Allí la mayoría de obras son de tipo religioso aunque también hay otros registros y réplicas de obras famosas.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Hemos estado en museos como el del Louvre o British, pero lo vivido en el Vaticano ha sido tremendo. El río de gente que hay allí dentro llega a ser incluso agobiante por momentos. En las primeras salas se puede transitar con cierta normalidad, pero al ir acercándose a la Capilla Sixtina, dejas de tener el control. Simplemente la gente te arrastra hacia ese destino. No te puedes parar a ver los cuadros de los laterales. Es como si estuvieses dentro de una discoteca llena de gente en la que no puedes decidir donde quieres estar. Y si a esto le sumamos que íbamos con el cochecito doble de nuestros dos niños pues la visita se ha convertido por momentos en una tortura. Sobre todo cuando ha habido que bajar varios pisos por unas pequeñas escaleras. Menos mal que un par de amables hombres nos han ayudado a ir bajando el cochecito porque el agobio ha sido importante.

Todo para finalmente ver la sala con uno de los mejores frescos (si no el mejor) del mundo. La Capilla Sixtina es la sala en la que tiene lugar el cónclave en el que se elige al sucesor del Papa una vez fallece el vicario regente. Las pinturas de Miguel Ángel en las paredes han recibido a lo largo del tiempo la admiración de todo el mundo debido a la complejidad del trabajo y la perfección con la que fue hecho. No hemos estado demasiado tiempo en su interior ya que tras el “paseíto” anterior y la gran cantidad de gente tampoco es que se pudiera contemplar con demasiada tranquilidad la obra. Está prohibido tomar fotos a los frescos aunque nosotros hicimos una pequeña trampa para quedarnos con un pequeño recuerdo gráfico.

Si ya de por sí es complicado visitar un museo con niños pequeños, los museos vaticanos no son nada recomendables debido a las dificultades que hemos añadido anteriormente. Pero si uno está en Roma y no quiere dejar pasar la ocasión de ver la Capilla Sixtina, que se arme de paciencia y valor porque cómoda y tranquila no va a resultar su visita. Eso sí, nosotros lo logramos, así que cualquiera lo puede hacer. A la salida del museo nos hemos sentado un rato a descansar y tomar un poco de aire fresco ya que nos hacía falta.

Y con la noche empezando a caer sobre nosotros nos hemos ido hacia nuestro alojamiento, no sin pasar de nuevo por la plaza de San Pedro para verla iluminada de noche. Cabe decir que de noche y con la decoración navideña la plaza es muy bonita.

Al regresar hemos tomado el camino por el Castel de Sant’Angelo, monumento romano situado en la orilla derecha del río Tíber y que conecta al Vaticano por un hermoso puente y un pasadizo amurallado. Construido en el año 135 bajo las órdenes del emperador Adriano, que pretendía utilizarlo como mausoleo para él y su familia. La edificación concluyó en el año 139, convirtiéndose, poco tiempo después, en un edificio militar que en el año 403 se integraría a la Muralla Aureliana.

Porque es cierto aquello de que en cualquier parte de Roma te encuentras una obra de arte, algo que valga la pena. Este puente y las estatuas que lo envuelven son muestra de ello y le dan aún más de belleza al castillo. Y es que si de cerca es bonito, a lo lejos aún lo es más.

Autor entrada: brunete80

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *