Douz, la puerta del desierto del Sáhara.

Este día nos levantamos al amanecer para llegar a la ciudad de Douz, llamada “la puerta del desierto” y punto de encuentro de los nómadas. En el extremo sur de la ciudad podemos encontrar la puerta blanca en forma de arco que te invita a adentrarte en el imponente desierto del Sáhara.

Allí pude realizar lo que sería una de las mejores experiencias del viaje y que recordaré durante toda mi vida, un trayecto por el desierto del Sáhara a lomos de un dromedario. Cuando hablo de que fue una de las mejores experiencias del viaje, no me refiero al hecho de ir a lomos del animal, sino más bien al cúmulo de sensaciones que percibes al estar en el inmenso desierto y en horas intempestivas. Para eso, en la misma entrada del desierto nos esperaba un guía con los dromedarios preparados. Éramos muy pocos. Mi madre prefirió realizar el trayecto encima de una carreta y había momentos en los que nos separábamos por la imposibilidad de acceder a determinados tramos en la ruta. Una vez preparadas con el atuendo beduino apropiado, partimos. Nunca olvidaré el silencio aplastante del desierto solo roto por la ventisca matutina que hacía que se te clavara en la piel la arena como cuchillos afilados, tampoco olvidaré el lento subir y bajar del dromedario por las fascinantes dunas de arena finísima, el frio del amanecer que te destempla el alma y observar como poco a poco, el sol iba subiendo hasta hacerse cegador por el reflejo en la arena: fascinante, irrepetible, maravilloso.

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Durante el paseo tuvimos la gran casualidad de encontrarnos con un señor a caballo perteneciente a la tribu bereber de los tuareg, yo creo que a la mayoría nos vino a la cabeza la famosa película “Tuareg, los temidos hombres del desierto”.

Como recomendación llevar ropa de abrigo, pañuelo para taparse la cara y sobre todo botas altas, puesto que yo llevaba zapatillas de deporte con calcetines bajos y la ventisca se metía por la apertura del pantalón y me congelaba las piernas, esto es lo normal si viajas en el mes de diciembre.

Otra actividad que no dejé pasar fue realizar una ruta con quad por el mismo desierto del Sahara ¡Vaya subidón de adrenalina! Mi madre esta vez no se animó y prefirió esperarme en un bar tomándose un té típico a la menta. Era la primera vez que subía a uno y sin problema, aunque tengo que confesar que alguna vez que otra vi el asunto un poco apurado, puesto que subes por una duna pero no ves la pendiente que tiene hasta que no estás en la cima. Así que, toca cerrar los ojos, gritar y encomendarse al genio de la lámpara para no volcar. Como recomendación, hay que llevar unas buenas gafas de sol con filtros altos para proteger los ojos, puesto que la luz del sol se refleja en la arena brillante del desierto y molesta bastante.

Después de esta maravillosa experiencia por el Sáhara nos fuimos a visitar la ciudad de Douz. Como recomendación podéis probar la mejor variedad de dátiles que existen en Túnez, los llamados “deglet nour” o también llevaros como recuerdo la típica piedra rosa del desierto. A finales de diciembre y durante unos días, Douz celebra el Festival Internacional del Sáhara, durante esos días los vecinos salen a la calle y el pueblo se llena de visitantes para participar de la fiesta. Se organizan muchos eventos de los que pudimos disfrutar aprendiendo de su cultura y tradiciones: bailes, lecturas, canticos de los niños, carreras de camellos y caballos, acróbatas, etc. Por sus calles me topé con un imponente miembro de la tribu de los tuareg que acudía a la fiesta, el hombre amabilísimo accedió a hacerse una foto para recuerdo, me queda la duda si es el mismo que vimos durante el paseo por el desierto.

¡Y bingo! Por si no teníamos suficiente con la fiesta, ese día justamente era jueves, y precisamente todos los jueves del año realizan un curioso y animado mercado de animales que no hay que perderse, pues es una clara muestra de las costumbres y cultura de los pueblos del desierto y donde se reúnen todas las tribus para la compra/venta (trueque) de animales.

Autor entrada: Sonia Bellver

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