Hay lugares que no se recorren solo con los pies y la ruta al Faro de l’Albir es uno de esos rincones donde sentí como si el simple hecho de andar junto al mar fuera suficiente para resetearlo todo.
Descubriendo el Faro de l’Albir: un viaje entre mar, historia y silencio
A cada paso observo un paisaje que se me graba en la mente con fuerza: acantilados que caen al mar, una mina de ocre escondida y ese azul mediterráneo tan maravilloso que lo envuelve todo y me enamora cada día más. Si ya lo dice Serrat… “Qué le voy a hacer, si yo nací en el Mediterráneo.”
Esta pintoresca ruta comienza en la entrada del Parque Natural de la Serra Gelada, en la localidad de l’Albir, municipio de l’Alfàs del Pi (Alicante). Se puede llegar fácilmente en coche y dejarlo en el aparcamiento gratuito situado justo antes de la barrera de acceso al parque. Desde allí, el sendero empieza asfaltado y bien señalizado: no hay pérdida. Es un camino de unos 5 km entre ida y vuelta, completamente accesible e ideal para todos los públicos: familias, personas mayores o con movilidad reducida, y cualquier persona que simplemente quiera caminar sin prisa junto al mar.

Curiosidades de la ruta:
- En algunas rocas se conservan fósiles de animales ya extinguidos.
- Los acantilados y las islas del parque eran refugio habitual de piratas berberiscos.
- En sus aguas viven más de 50 especies de peces.
- Desde el faro se puede divisar poblaciones de delfines mulares.
- En los acantilados hay dunas fósiles colgadas.
La ruta es sencilla, pero lo que ves, no. Desde los primeros metros, me doy cuenta de que el Mediterráneo aparece a mi izquierda como un compañero que camina junto a mí, silencioso, y algún que otro banco colocado estratégicamente para detenerse, respirar, mirar. Me doy cuenta de que esta ruta no es para recorrerla rápido, sino poco a poco, con calma.

Al poco de empezar paso por debajo de un túnel. Este túnel y el actual camino del faro se construyeron en 1961, ya que hasta ese año el camino original consistía en una estrecha y escarpada senda que cruzaba la montaña y que era peligrosa en muchos de sus tramos. Menos mal.
Uno de los momentos más interesantes de la ruta es un pequeño desvío señalizado hacia una escondida mina de ocre, también conocida como la Mina Virgen del Carmen y que funcionó desde medianos del siglo XIX hasta principios del XX. Son solo unos minutos de subida por un sendero de tierra, pero vale la pena. Allí, entre rocas rojizas y una entrada esculpida de la montaña se esconde lo que queda de esta antigua explotación de ocre, un mineral usado históricamente como pigmento. Es un lugar que parece olvidado, pero que aún respira entre las piedras y los restos de la vivienda del capataz.

De vuelta al camino principal, la ruta sigue camino al faro. Tengo delante imponentes acantilados que se elevan por encima de los 400 metros sobre el nivel del mar y se encuentran entre los más altos de la península ibérica. Puede que encuentre algún Halcón peregrino planeando tranquilamente sobre rocas y me tropiece con plantas bastantes singulares como la Silene de Ifach, única especie de la Comunidad Valenciana. Casi nada ¿verdad?

Observo el otro lado, aquí la ladera se caracteriza por un matorral disperso donde le da de pleno el sol. Por este motivo, la vegetación tiene hojas claras y estrechas y unas raíces profundas para captar la mayor cantidad de agua posible. Aunque podemos encontrar lavanda, son los espartales y los tomillares los que dominan este espacio.
Tradicionalmente el esparto se empleaba en la elaboración de multitud de objetos como cuerdas, alfombras, cestos, espuertas o alpargatas. Tan importante era el esparto, que aparece en el refranero popular de la Marina Baixa “Quan el Puigcampana té capell, pica espart i fes cordell” (si hace mal tiempo, no se puede ir a trabajar al campo, por lo que la familia se queda en casa a hacer cuerdas de esparto).

Mientras camino por esta ruta tan tranquila hoy, me cuesta imaginar que hace siglos estas mismas aguas eran escenario de otro tipo de historia: las de miedo, armas y vigilancia constante. La costa de la Marina Baixa, al igual que buena parte del litoral mediterráneo, sufrió durante siglos los ataques de los piratas berberiscos provenientes del norte de África. Estos piratas asaltaban pueblos costeros, saqueaban y capturaban prisioneros para vender como esclavos. Por ello, se construyeron torres de vigilancia a lo largo de la costa y aquí en la Serra Gelada no iba a ser menos. Es una buena historia para contar a los niños ¿verdad?
De vuelta al presente, llego hasta el faro. Aquí me encuentro con algo que no esperaba: una exposición sobre la vida del farero. Entre fotos antiguas y recuerdos, me doy cuenta de que este lugar no solo ilumina el mar, sino también guarda historias. Historias de una luz que ha guiado a los marineros desde 1863 y de un farero solitario y entregado que durante años vivió aquí velando por la seguridad de los navegantes.

Me quedo un rato ahí, mirando el horizonte, sin prisa, esperando sin prisa divisar algún delfín mular que vive en los alrededores. Porque a veces, lo mejor que puedes hacer es eso: parar, respirar y dejar que la belleza que tienes delante te hable bajito.
Hay caminatas que te cansan, y otras que te llenan. La del Faro de l’Albir fue, para mí, la calma. Recorrer esta ruta es recordar que no hace falta ir lejos para encontrar algo que nos transforme. A veces, basta con mirar bien lo que tenemos cerca.
Sonia
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