De camino hacia el sol y las dunas. Llegada a Túnez.

Para viajar a Túnez, nos trasladamos en tren de Valencia a Barcelona un día antes de la salida de nuestro vuelo y nos alojamos en el hotel Barceló Sants, muy cerca de la estación de Barcelona Sants. Al día siguiente, viajamos en tren al aeropuerto del Prat y volamos con la compañía Tunisair, que nos trató maravillosamente y tuvo el detalle de ofrecernos una comida típica tunecina, incluida en el precio de los pasajes.

Pues bien, en poco más de 1,30h ya habíamos aterrizado sin problemas. Como he mencionado en la introducción de nuestro viaje a Túnez, aunque el país esté considerado como el más avanzado en cuanto a los derechos humanos en el mundo árabe, una cosa es legislar y otra la realidad. Nada más pisar el aeropuerto, ya adviertes diferencias notables en lo que respecta a la igualdad de género. Ni una sola mujer trabajando y esa sería la tónica que nos íbamos a encontrar durante todo el viaje, tanto en hoteles, restaurantes, tiendas… excepto raras excepciones. Cuando aterrizamos, yo llevaba un vestido de lana de color marrón, manga tres cuartos y apenas un poco por encima de la rodilla, las miradas reprobadoras de los tunecinos se me clavaban en la espalda como cuchillos. Teníamos contratado el transporte hasta el hotel Hasdrubal Thalassa & Spa Yasmine Hammamet, donde llegamos en un poco más de una hora.

Hotel impresionante, nada más llegar se encargaron de nuestras maletas y nos recibieron con un coctel de bienvenida mientras hacíamos el chek in. El hotel cuenta con 4 restaurantes (el de comida tunecina estaba de muerte), hammam, saunas, playa privada, centro de fitness, etc. Las habitaciones son suites de 73 m2, con recibidor, sala de estar, cama extra grande, bañera y ducha de hidromasaje y balcón con vistas al mar. La habitación estaba equipada con todo lujo de detalles, cesta de frutas como bienvenida, pétalos de rosa y caramelos esparcidos por todas las superficies (incluidos dentro del inodoro). Parecía la habitación de las mil y una noches.

Durante toda la estancia, tres veces al día pasaba el típico empleado a cambiar las toallas y depositar más pétalos de rosa y caramelos por la habitación. Todo un poquito empalagoso.

Bueno, pues el caso que entre unas cosas y otras, llegamos al hotel bien entrada la tarde del 24 de diciembre, y me pareció una buena hora para el relax, una sesión en el hammam que ofrecía el hotel y después un buen masajito, pero el relax soñado más bien se convirtió, como el título de la película, en “pesadilla antes de Navidad”. He aquí mi versión de los hechos: Llegué al hammam en el que era la única usuaria (ya que en esas fechas el hotel estaba bastante vacío) y me sentía observada por los trabajadores que se asomaban cada dos por tres, por lo que decidí marcharme a contratar el masaje. Elegí el tipo de masaje de una lista en árabe y de paso también al masajista (entre tres candidatos) a petición del recepcionista. Pasé dentro de una sala junto al masajista elegido y según sus indicaciones me tumbé en una camilla tapada con una toalla y con un antifaz en los ojos (sí, todo muy de película). Según iba avanzando el masaje y por las maniobras del masajista a esas alturas, ya bastante obvias, no tuve dudas del tipo de masaje contratado. Por lo que, con una mala leche como en mi vida, me levanté de la camilla, me vestí, tiré el antifaz de buena gana y “acordamos” (después de una buena bronca) que todo se quedaba ahí.

Y así, sin más, el primer día ya hubiera enviado a tomar viento a Túnez, a los pétalos de rosa y a la madre que trajo al mundo a todos los masajistas y empleados del hotel.

Autor entrada: Sonia Bellver

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